Nace Jean-Jacques Rousseau

En estos tiempos de debate sobre la educación, solicitamos al filósofo y pedagogo ginebrino que haga su aporte a partir de algunos fragmentos de una de sus obras principales, "Emilio o De la educación".
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Retrato pintado de Jean Jacques Rousseau

Retrato de Jean Jacques Rousseau | Autor: desconocido | Licencia: dominio público

¿Acaso es resultado de la naturaleza o de la educación?
Todo está bien al salir de las manos del autor de la naturaleza; todo degenera en manos del hombre. Fuerza éste a una tierra para que de las producciones de otra; a un árbol para que sustente frutos de su tronco ajeno; mezcla y confunde los climas, los elementos y las estaciones; estropea su perro, su caballo, su esclavo; todo lo trastorna, todo lo desfigura; la deformidad, los monstruos le agradan; nada le place tal como fue formado por la naturaleza; nada, ni aun el hombre, que necesita adiestrarle a su antojo como a los árboles de su jardín. Peor fuera si lo contrario sucediese, porque el género humano no consiente quedarse a medio modelar.  (…)

“Educar libremente” ¿es una paradoja?   
Dícese que dejando a los niños libres pueden tomar posturas malas y hacer movimientos que perjudiquen a la buena conformación de sus miembros. Este es uno de tantos vanos raciocinios de nuestra equivocada sabiduría, que nunca se ha confirmado por la experiencia. De los muchísimos niños que en pueblos más sensatos que nosotros se crían con toda la libertad de sus miembros, no se ve que uno solo se hiera ni se estropee; no pueden imprimir a sus movimientos la fuerza suficiente para que sean peligrosos, y cuando toman una postura violenta, el dolor les advierte en breve que la cambien. (…)

En cuanto educadores ¿cuáles son nuestros objetivos?
En el orden natural, los hombres son todos iguales; luego, su vocación común es el estado del hombre, y quien hubiere sido bien criado para éste, no puede desempeñar mal los que con él se relacionan. Que destine mi discípulo a la espada, a la iglesia o a la abogacía, poco me importa. Antes de la vocación de sus padres, la naturaleza le llama a la vida humana. El oficio que quiero enseñarle es el vivir. Cuando salga de mis manos, yo estoy de acuerdo, en que no será ni magistrado, ni soldado, ni sacerdote; primeramente será hombre, todo cuanto debe ser un hombre y sepa serlo, si fuera necesario, tan bien como el que más, y aunque la fortuna quiera hacerle cambiar de situación, él siempre se encontrará en la misma. (…)

Nuestro verdadero estudio es el de la condición humana. Aquel de nosotros que mejor sabe sobrellevar los bienes y los males de esta vida es, a mi parecer, el más educado, de donde se deduce que la verdadera educación consiste menos en preceptos que en ejercicios.

Educar:
¿preservar? ¿cuidar? ¿liberar? ¿proponer? ¿conducir? ¿cambiar?
Se sueña en conservar al niño, pero eso no es suficiente; debieran enseñarle a conservarse cuando sea hombre, a soportar los golpes de la desgracia, a arrastrar la opulencia y la miseria, a vivir, si es necesario, en los hielos de Islandia o en las ardientes rocas de Malta. Inútil es tomar precauciones para que no muera, pues al fin tiene que morir, y aunque no sea su muerte un resultado de vuestros cuidados, aun serán éstos mal entendidos. Se trata menos de impedir morir que de hacerle vivir. Vivir no consiste en respirar, sino saber hacer uso de nuestros órganos, de nuestros sentidos, de nuestras facultades, de todas las partes de nosotros mismos que dan el sentimiento de nuestra existencia. El hombre que más ha vivido no es el que tiene más años, sino el que más aprovechó la vida. (…)

Toda nuestra sabiduría consiste en preocupaciones serviles; todos nuestros usos no son otra cosa que sujeción, tormento y violencia. El hombre civilizado nace, vive y muere en la esclavitud. Cuando nace se le cose en una envoltura; cuando muere se le mete en un ataúd, y en tanto que él conserva la figura humana vive encadenado por nuestras instituciones. (…)

Por miedo a que los cuerpos queden deformados con la libertad de los movimientos, se dan prisa a realizarlo, poniéndolos en prensa, y los dejarían lisiados para impedir que se estropeasen. (…)

Preparad desde lejos el reino de su libertad y el uso de sus fuerzas, y dejando a su cuerpo el hábito natural, poniéndole en condiciones de ser siempre dueño de si mismo, y de hacer todas las cosas según su propia voluntad así que la tenga. (…)

Se han ensayado todos los instrumentos menos uno, precisamente el único que puede surtir efecto: la libertad bien aplicada. No conviene que se encargue de educar un niño quien no lo sepa conducir a donde quiera por las solas leyes de lo posible y lo imposible. (…)

¿Un defecto profesional?
Los pedagogos, que tan aparatosamente exponen las instrucciones que dan a sus discípulos, están imposibilitados para hablar de otra forma; no obstante, por su modo de hacer uno se da cuenta de que piensan exactamente como yo, porque, al fin y al cabo, ¿qué es lo que les enseñan? Palabras, más palabras, y siempre palabras.
Entre la diversidad de ciencias que tanto se ufanan de enseñarles, tratan de no escoger las que les serían de un verdadero provecho, ya que serían ciencias de cosas y no realizarían los progresos debidos, sino en las que al parecer se saben cuando se conocen los términos: blasón, geografía, cronología, lengua, etc; estudios todos tan distantes del hombre, y especialmente del niño, que resultaría casi milagroso si algo de todo esto le pudiera ser útil sólo una vez en su vida. (…)

Sea el estudio que sea, de nada valen los signos que representan si carecen de las ideas de las cosas que representan. A pesar de ello, siempre limitan al niño a estos signos, sin que logren nunca que comprenda nada. Cuando pretenden que conozcan los mapas, sólo les enseñan nombres de ciudades, de países, de ríos, que el niño no concibe que existan en otra parte más que en el papel donde se los muestran. (…)